2026-08-22

PLANIFICACIÓN, BIOECONOMÍA Y DESARROLLO

Irlanda planifica su bioeconomía: una experiencia que el Cono Sur debería mirar

Irlanda avanza en la construcción de su Estrategia Nacional de Bioeconomía 2026-2030 mediante planificación, participación pública y articulación entre Estado, sector productivo, ciencia y comunidades. Para Argentina y los países del Cono Sur, la experiencia plantea una pregunta relevante: ¿qué podríamos lograr si nuestras capacidades agroindustriales y biológicas fueran acompañadas por una estrategia regional de largo plazo?

La bioeconomía puede crecer como consecuencia de iniciativas individuales, inversiones y oportunidades de mercado. Pero también puede ser planificada como una estrategia de desarrollo.

Irlanda viene recorriendo este segundo camino. El país europeo puso recientemente en consulta pública su proyecto de Estrategia Nacional de Bioeconomía 2026-2030, continuando un proceso que lleva varios años y que busca definir cómo aprovechar sus recursos biológicos, capacidades científicas y sectores productivos para generar nuevas oportunidades económicas de manera sostenible.

Lo interesante del caso irlandés no está solamente en el contenido de la estrategia. Está también en cómo se construye.

Primero definir hacia dónde ir

Irlanda adoptó en 2018 una primera declaración nacional de política sobre bioeconomía. Posteriormente avanzó hacia instrumentos concretos de implementación.

Entre ellos se encuentra su primer Plan Nacional de Acción de Bioeconomía 2023-2025, compuesto por 33 acciones organizadas en siete pilares.

Pero aquellas acciones no quedaron expresadas únicamente como objetivos generales: fueron acompañadas por pasos de implementación, plazos y organismos responsables.

El objetivo fue conectar investigación científica, innovación biotecnológica y soluciones de base biológica con actividades productivas concretas, especialmente la agricultura y las industrias vinculadas a recursos biológicos.

Finalizado ese período, Irlanda vuelve ahora a proyectarse hacia adelante mediante una nueva estrategia para 2026-2030.

Es decir: planificar, ejecutar, evaluar y volver a planificar.

Una estrategia que se construye escuchando

Hay otro elemento particularmente relevante.

La planificación irlandesa incorpora mecanismos formales de participación.

Para elaborar el Plan de Acción 2023-2025, por ejemplo, el Gobierno abrió durante nueve semanas una consulta pública destinada a recibir aportes de ciudadanos, organizaciones y actores interesados.

La nueva estrategia 2026-2030 volvió a recurrir a este mecanismo.

Esto permite incorporar perspectivas provenientes de productores, empresas, universidades, investigadores, organizaciones sociales, comunidades y diferentes organismos públicos.

No se trata solamente de consultar qué bioeconomía quiere desarrollar un gobierno.

Se trata de construir acuerdos alrededor de qué bioeconomía quiere desarrollar un país.

¿Y si el Cono Sur hiciera algo semejante?

La experiencia resulta especialmente interesante cuando se observa desde nuestra región.

Argentina, Brasil, Uruguay, Paraguay y Chile conforman un espacio con una extraordinaria disponibilidad de recursos biológicos y capacidades productivas.

Agricultura, ganadería, forestación, pesca, biomasa, biocombustibles, alimentos, biotecnología, genética, bioinsumos, biomateriales y economía circular forman parte de un ecosistema que ya existe y que podría expandirse considerablemente.

A ello se suma una infraestructura científica y tecnológica construida durante décadas mediante universidades, organismos públicos de investigación, empresas y centros tecnológicos.

El desafío quizás no sea solamente generar nuevas capacidades.

También es conectar las que ya tenemos detrás de una visión compartida.

De las oportunidades a una hoja de ruta

Pensar una estrategia semejante para Argentina —e incluso para el conjunto del Cono Sur— permitiría identificar cadenas prioritarias, capacidades científicas disponibles, oportunidades de inversión, necesidades regulatorias, infraestructura requerida y mercados potenciales.

Pero también permitiría establecer algo todavía más importante: prioridades, responsables, plazos e indicadores para medir resultados.

Una estrategia regional podría preguntarse, por ejemplo, dónde existen oportunidades para desarrollar nuevas biorrefinerías, cómo transformar residuos agroindustriales en nuevos productos, qué tecnologías deberían escalarse, qué capacidades científicas necesitan conectarse con empresas y qué territorios podrían especializarse en determinadas cadenas de valor.

De esa manera, la bioeconomía dejaría de ser únicamente una enumeración de oportunidades para convertirse en una agenda concreta de desarrollo productivo.

Una construcción necesariamente federal

Para Argentina, además, una estrategia de estas características debería reconocer las enormes diferencias y potencialidades existentes entre regiones.

La bioeconomía del NOA no necesariamente tendrá las mismas prioridades que la región pampeana, Cuyo, Patagonia o el NEA.

Caña de azúcar, maíz, soja, maní, vid, forestación, ganadería, pesca, yerba mate, frutas, biocombustibles y biomateriales responden a cadenas productivas y territorios diferentes.

Por eso, una planificación nacional debería construirse desde los territorios, incorporando provincias, municipios, productores, empresas, universidades y centros científicos.

Y una eventual estrategia del Cono Sur podría llevar esa misma lógica a una escala superior, identificando complementariedades entre países.

Planificar también es agregar valor

El principal aprendizaje que deja Irlanda quizás sea metodológico.

No alcanza con reconocer que existe una oportunidad.

Hay que organizarla.

El Cono Sur posee una de las mayores plataformas biológicas y agroindustriales del planeta. Pero disponer de biomasa no garantiza por sí mismo convertirse en una potencia de la bioeconomía.

Hace falta ciencia. Hace falta inversión. Hace falta infraestructura. Hace falta articulación público-privada. Y, fundamentalmente, hace falta una dirección compartida.

La experiencia irlandesa muestra que es posible construir esa dirección mediante políticas de largo plazo, planes de acción concretos y procesos abiertos de participación.

Es justo allí donde existe una enseñanza que vale la pena recuperar: La bioeconomía del futuro no debería ser solamente el resultado de aquello que nuestros países producen, sino también de aquello que de manera organizada, planificada y escuchando a los actores de la cadena, decidamos construir.

Quizás sea momento de que comencemos a discutir no solamente cuánto potencial bioeconómico tenemos, sino qué queremos hacer con él durante los próximos veinte o treinta años.

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